Por lo general nos levantamos con el deseo de que sucedan ciertas cosas en nuestra vida. Por ejemplo, que todos en la familia estén bien, que me paguen el dinero que me deben, que el otro cumpla con sus compromisos, que cuente con los recursos para cubrir mis necesidades, que llegue bien al trabajo, que no me duela el cuerpo o que la comida no me haga daño…
Algunos de estos deseos son conscientes, mientras que otros los damos por hecho y no nos damos cuenta que están ahí hasta que sucede lo contrario a lo que esperamos.
A aquellos deseos en los que esperamos que algo suceda lo llamaremos expectativas. A los deseos que no generan dicha expectativa los nombraremos tal cual, como deseos. Por ejemplo, querer comprar algo que ahora no es tan necesario y tampoco tengo el dinero, por lo que acepto la situación sin la expectativa de quererlo tener ya. Es una aceptación de lo que hay en el presente sin desgastar mi energía en algo que no puedo acceder hoy y que tampoco necesito.
En la vida nos pasan cosas todos los días, y esas cosas tendemos a valorarlas según que tan cerca o lejos estén de nuestras expectativas. Me imagino un gráfico así:

Línea negra: los movimientos de la vida. Todo aquello que va pasando.
Línea roja: la valoración que hago según mis expectativas. Si se cumplió lo que esperaba, sube. Si superó mis expectativas, sube más. Si no pasó lo que deseaba, baja. Y si fue peor de lo que imaginaba, baja mucho más.
Aparecen entonces las emociones. Una manera habitual de sentir lo que vivimos, es siguiendo la curva de nuestras expectativas. Cuando se cumplen, nos alegramos y estamos bien emocionalmente. Aparece esa sensación de que todo funciona, fluye, tengo una vida maravillosa. Cuando no se cumplen las expectativas, aparece la angustia, la rabia, el desespero porque las cosas no van bien en la vida y nada funciona. Esta montaña rusa de emociones va dejando una memoria en la forma como reaccionamos que nos dice que nuestro estado emocional depende del cumplimiento, o no, de nuestras expectativas. Y nos la pasamos entre la alegría y la tristeza, la esperanza y la angustia, la satisfacción y la frustración. Quienes viven así, experimentan un profundo dolor al descubrir que, en la vida, las cosas que pasan, no las pueden controlar.

¿Cómo sería nuestra vida si nuestras emociones no estuvieran pegadas de la valoración de las expectativas que tenemos, sino de los movimientos que trae el vivir en profunda aceptación de lo que allí aparece?
Es decir. Tal vez no me pagaron el dinero que esperaba, o algún familiar amanece enfermo, tal vez no tenga los recursos ahora para comprar lo que deseo o aquello que comí me cayó mal, y puedo conectar con la profunda aceptación de que esto es el movimiento que la vida me trae hoy, y puedo fluir con mis emociones como ondas en las que me doy cuenta de que siento tristeza pero no me quedo allí, no me frustro, soy capaz de continuar haciendo lo que me siento llamado a hacer porque mi vida continúa y tiene sentido. O quizá, me pagaron mucho más de lo que esperaba, me gané un viaje a la playa con todos los gastos pagos, se concretaron todos los contratos en los que había trabajado, me gané la lotería… y soy capaz de darme cuenta de que también esto es una ondulación en la vida, un movimiento, y no caigo en la euforia descontrolada, en la ilusión de que todo seguirá así, en la vanidad de pensar de que lo puedo sostener para siempre…

Tal vez, si nuestras emociones estuvieran más conectadas con el propio vivir, si pudiéramos ver más allá de nuestras expectativas, si lo que pasa afuera lo entendiéramos como variables del juego de la vida que no tienen el poder de sacarnos de nuestro centro, que nada de lo que pase puede acabar con lo que somos, ni de desconectarnos con el disfrute de esta experiencia humana, que no necesitamos de esos picos emocionales pegados del cumplimiento o no de nuestra expectativa y que afectan tanto nuestro bienestar y a quienes nos rodean, tendríamos un mejor vivir.
Francy Lopez
Generalmente se tiende a generalizar acerca de lo que un ser humano hace o deja de hacer. Sin embargo, la vida me vive enseñando que los momentos, los diferentes vínculos, el ocaso de la vida, la salida de los hijos, las rupturas amorosas, desencadenan emociones que nunca se habían vivido, y a pesar de haber tenido una vida equilibradamente normal, hay situaciones que sacan al ser humano de una linea más o menos estable y esa montaña rusa, se convierte en una constante compleja de transformar. Pero hay que continuar, el tiempo en algún momento sanará.
Claudia Ontibón
Gracias Francy por tu comentario. Es maravilloso el darte cuenta de todos los movimientos que te trae la vida, y transitar tus emociones. Como dices, hay que continuar y allí vendrán los aprendizajes y la paz que buscas en tu interior. Esto es fluidez. El sufrimiento aparece cuando te aferras a que la vida debe ser de otra manera, según tus expectativas. He ahí la trampa. Bienvenidos los movimientos en la vida que nos sacan de nuestras zonas de confort y amplían nuestra forma de mirar.